
Un poema sin terminar…
La alcoba era un mar que azotaba inclemente a la núbil sombra.
Y en el faro de la mirada, ¡la calle angosta que me nombra!
La silla vacante, murmura: —islote sin cuerpo ni puerto—,
y el florero volcado empuña el racimo duro que ha muerto.
Yo atado al dolor de un poema, danzaba en notas de un endecho;
Tú, fiera silente que acosa, madriguera fiel del acecho,
crecías en un mar de sombras, poseyéndome con la espuma
de tinieblas y cerrazón, con la mano seca en mi pluma.
Un Pez Viento acaricia y lame… hoy, desangrándome en las horas;
filo de enardecida roca, y tú, con la noche me lloras.
Un abrazo opaco se alarga en un vals de muecas traviesas,
como enjutas y rancias ramas, de tristeza y nostalgia presas.
Aquellos versos desechados son la barcaza que me salva,
prímula eterna donde besa al áspero rayo del alba.
Su eco se transforma en aliento, y bebo en el verbo salado:
llanto, convirtiéndose en barro, barrunto, horizonte escarpado.