El hombre que escuchaba colores

Wassily Kandinsky. Moscow I. 1916.
Oil on canvas. 51.5 x 49.5 cm.
The Tretyakov Gallery, Moscow, Russia


(A Wassily Kadinsky)

¡Ah ingenua y romántica Rusia!
Anatomía de una ciudad,
trazos de alegoría y fantasía geométrica,
de cordel y ropajes abstractos.
¡Despertad! A la paleta musical de colores,
en manos de un jinete azul
que en dedos de aire y espíritus trovando,
lleva el esmalte de una tierra que late.

Su alma es el piano de acordes sonatas,
su lienzo de vida es la dulce acuarela
que escapa, le canta y le grita
a esa ciudad,
a ese hombre ausente
que escuchó cantar sus colores
de sonido amarillo.

Cuando el sol esté en lo más alto de Moscú,
un arco iris fosforescente, en poemas de oro y asfalto,
¡llorará! en las aves de hambre,
que buscaran su cárcel
en pinceles, carbón y pigmento.

Cuando callar es mentira

 

“La angustia es el vértigo de la libertad.”

Sören Kierkegaard

Una Isla a su reflejo:

“Por libertad besa el mar mis orillas,

por libertad es mi ancla el arrecife.

Por libertad llora el cielo

a las errantes gaviotas.

Por libertad hoy me rescata

el alba silenciosa

que sube

sobre el sedoso coral de mis piernas

y el grito  angustioso en mi pecho.

Y un breve instante me desnuda.

Rebelde y soberbia

lanzo a mis pies el verde ajuar,

que tiñe de azul…

Y lluevo,

sobre colinas y montes,

sobre susurros y trinos;

Y corro,

mientras me deja un ¡basta ya!

que me eleva sobre el barro frío

de los hijos callados.”

 

 

Raúl Castillo Soto (2011)

 

En un mar de sombras

Un poema sin terminar…

La alcoba era un mar que azotaba inclemente a la núbil sombra.

Y en el faro de la mirada, ¡la calle angosta que me nombra!

La silla vacante, murmura:  —islote sin cuerpo ni puerto—,

y el florero volcado empuña el racimo duro que ha muerto.

Yo atado al dolor de un poema, danzaba en notas de un endecho;

Tú, fiera silente que acosa,  madriguera fiel del acecho,

crecías en un mar de sombras, poseyéndome con la espuma

de tinieblas y cerrazón, con la mano seca en mi pluma.

Un Pez Viento acaricia y lame… hoy, desangrándome en las horas;

filo de enardecida roca, y tú, con la noche me lloras.

Un abrazo opaco se alarga en un vals de muecas traviesas,

como enjutas y rancias ramas, de tristeza y nostalgia presas.

Aquellos versos desechados son la barcaza que me salva,

prímula eterna donde besa al áspero rayo del alba.

Su eco se transforma en aliento, y bebo en el verbo salado:

llanto, convirtiéndose en barro, barrunto, horizonte escarpado.