La memoria infinita de los lienzos

“Nunca se dignó a mirarme. Salía al balcón del edificio contiguo en las mañanas, sólo para lucir esa cochina belleza que me embrujaba. La calle Guayama se convertía para mí en ese sol temprano de la Rue Rivoli que servía de mantel a su imagen: a sus bucles de azabache que denodadamente bailaban con la brisa y el cielo, que caían juguetones, perversos sobre sus hombros de deslumbrante lozanía. Su cuello largo, grácil, era como el juego de los cisnes en el lago que yo solía pintar, donde hubiese querido —siendo el amo de la noche— hundir el marfil de mi deseo.
De alguna forma ella sabía cuando yo iba a pintar al estudio improvisado en la azotea de mi edificio; a los pocos minutos ella salía a la terraza con todo su séquito y el mugroso pastor alemán que sus manos a ratos lamía. Cuanto envidié a ese maldito. Ese sí me miraba como si supiera de mis intensiones y me enseñaba los dientes gruñendo cavernosamente debajo de ellos. Pero la mayor parte del tiempo ella estaba sola, y cuando lo estaba, siempre se desnudaba para el sol y para mí. Mi momento favorito venía con aquellos días en que regresaba con el frescor de la tarde a acostarse sobre su cincelado vientre, dibujando al aire la simetría de sus caderas, su redondez de diosa. Entonces removía sus pantis, primero hasta las rodillas, luego por completo mientras alzaba sus perfectas nalgas mostrando la acuarela de pálido rosa entre sus piernas; como invitándome a que fuera a su encuentro. La verdad es que, a veces, me escondía para verla. Ajeno a ella subía, por una escalera que utilizaba para los murales, hasta la parte más alta del estudio en el techo, como ladrón en la noche. Allí, rescataba su cuerpo, de la privacidad y misterio de los separadores de bambú oriental.
Había llegado al borde de la desesperación, la sentía asida del cuello, otras veces parada en mi pecho, era difícil respirar. Decidí ir a verla, confesarle todo: que había sido espía, su amante y pintor, su esclavo de día a día, de las veces que bochornosamente me había tocado para ella, que la había inmortalizado diez veces, en colores pastel, en la memoria infinita de los lienzos, y que sobre ellos había derramado mi alegría y los momentos que a su lado había imaginado. Pero ¿se burlaría de mí? ¿Sería capaz? ¡La burla no! …preferiría la muerte lenta de las sombras.”

Le pareció verla en los vapores de la trementina, en las columnas finísimas del aliento, en los matices que semejaban su piel en los pinceles. Alucinaba.

Anna tomaba el sol en la terraza, como siempre lo hacía. Le habían dicho de su vecino, el apuesto pintor francés, por eso salía en las mañanas a ver si podía escucharlo rasgar en el lienzo, esgrimiendo pinceladas como un gato que aruña el tejado, a olerlo en la pintura fresca de sus trazos, traída en la pausada música del letárgico viento. A poder soñarlo, imaginándose a su lado; esperando palabra suya para entablar alguna conversación que terminase en una invitación, un café, una cena, tal vez otro encuentro, esta vez en el parque del lago. O si acaso un breve mensaje disculpando su tardanza en hablarle, o una extensa carta declarando su amor… Ensayaba sus respuestas. Pero nunca le habló, quizá tenía compañera, no se molestó en averiguar, no le pareció decoroso o prudente.

(Un tiempo después…)

Esta vez recordaba consternada.

–Una verdadera pena lo que le sucedió en estos días –pensó en voz alta la joven con los brazos cruzados sobre el pecho. Una dolorosa voz, que ahora retumbaba  solemne y pausada en la memoria, le confirmaba que el artista se había precipitado a su suerte desde el techo del edificio contiguo. Aquella mañana del suceso, Anna deslizaba sus dedos sobre el Braille de una copia de Les Miserables cuando sintió el pavor de los gritos en la calle, seguido de inmediato por el agudo aullido de un perro.

Afuera un mensajero descargaba diez pinturas, mientras otro tocaba a la puerta de la dama.

 

 

Raúl Castillo Soto (marzo; 2010)

El hombre que escuchaba colores

Wassily Kandinsky. Moscow I. 1916.
Oil on canvas. 51.5 x 49.5 cm.
The Tretyakov Gallery, Moscow, Russia


(A Wassily Kadinsky)

¡Ah ingenua y romántica Rusia!
Anatomía de una ciudad,
trazos de alegoría y fantasía geométrica,
de cordel y ropajes abstractos.
¡Despertad! A la paleta musical de colores,
en manos de un jinete azul
que en dedos de aire y espíritus trovando,
lleva el esmalte de una tierra que late.

Su alma es el piano de acordes sonatas,
su lienzo de vida es la dulce acuarela
que escapa, le canta y le grita
a esa ciudad,
a ese hombre ausente
que escuchó cantar sus colores
de sonido amarillo.

Cuando el sol esté en lo más alto de Moscú,
un arco iris fosforescente, en poemas de oro y asfalto,
¡llorará! en las aves de hambre,
que buscaran su cárcel
en pinceles, carbón y pigmento.

Cuando callar es mentira

 

“La angustia es el vértigo de la libertad.”

Sören Kierkegaard

Una Isla a su reflejo:

“Por libertad besa el mar mis orillas,

por libertad es mi ancla el arrecife.

Por libertad llora el cielo

a las errantes gaviotas.

Por libertad hoy me rescata

el alba silenciosa

que sube

sobre el sedoso coral de mis piernas

y el grito  angustioso en mi pecho.

Y un breve instante me desnuda.

Rebelde y soberbia

lanzo a mis pies el verde ajuar,

que tiñe de azul…

Y lluevo,

sobre colinas y montes,

sobre susurros y trinos;

Y corro,

mientras me deja un ¡basta ya!

que me eleva sobre el barro frío

de los hijos callados.”

 

 

Raúl Castillo Soto (2011)