(El techo susurra un leve y apacible gotereo)
Todos los días me enfrento a la misma mesa. Las esbeltas patas de caoba con su tope de geométricas lozas de piedra sostienen una Remington Rand —mi recordatorio inmueble/monumento utópico— y el mismo jarrón de
inermes flores que descaradamente semejan la vida. Sé que están muertas, o no vivas, porque ya hace más de cinco años que no mudan ni un pétalo, ni una hoja; tampoco decoloran. Los amarillos y anaranjados permanecen intactos, brillantes, burlones; los verdes, los mismos de siempre, sólo falta el legitimista olor del Kentucky blue grass, el de la grama recién cortada, que en la primavera me da la ilusión sensible que completa la imagen. El señor Smith, cuyo nombre completo me escapa, acompaña a la mesa; me mira fijamente, casi con recriminación, humeando por la esquina de la boca una columna etérea, escueta y frágil que da volteretas.
Segmento de “Los escombros”
Próximamente en una librería cerca de Ud.