Escurre Andrómeda en el cielo metálico
de emanaciones etéreas.

Un ave de chatarra del siglo veintidós
se desliza precariamente a puerto,
mientras fauces astrales regurgitan
su pesada y escombrada apariencia:
de hidráulica torcida en su debilitada coraza.

El beligerante humano en comando
yace en la sala de clonación prostética,
mientras Sipromé, la cirujana a bordo,
reemplaza su desmembrada diestra.

La sensación del leve roce de muslos en su rodilla
le recuerda, alguna olvidada parte de su cuerpo,
la abstención ordenada por el Consejo de Naciones
y la lotería para la reproducción selectiva.

Una voz insinuante interrumpe su divagar–
“Esta parte no habrá que reemplazarla…”

Al salvaje ritual de la felación, siguió la penetración
y el desenfrenado choque de húmedos genitales,
hasta la intrusa y subyugante petite mort.

No hubo preámbulos, caricias o intercambio salivar;
sólo la abrupta interrupción del silencio, en la sorda voz,
en la eyaculación precoz, del inmutable tiempo.

“¡Listos para el desembarque!” –gritaron ciegos altoparlantes,
obedientes, a la piel sintética en los controles de mando.

Bitácora: Debido a dificultades con la función nanotecnológica
de proyección sensorial, en el sistema de procuración médica
(SIPROMÉ), se suspende su disponibilidad temporalmente…

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