Estás…

en la tarde manchada
de horas pedestres;
en el caro perfume
que en el vientre frotabas,
en el noctámbulo coche,
de esmalte y quejidos,
la pétrea figura
que la vida fingía…
Entre sábila fría
y el calor de amarantos,
y en quebradas memorias
de los ciegos espejos
que tragan la vida.

Estás

en el inverosímil crepúsculo,
de duendes y ébano.
En la silla vacía
que a voces protesta,
el armario, repleto,
repleto de nada.
En aquel rincón de sombras
que tiende su mano;
tatuada en la seda
de rasgadas promesas,
entre piedras azules
por el río drenadas.
En la apabullante secuencia
de rostros sin ojos,
de conciencia acabada.

Allí estás.
Irremediablemente.

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