La casa de Monín inhala el perfume del vertedero;
la piropean luces de cal
reflejadas en el charol de cacharros viejos.
En paredes, ventanas y techos de cartón
mastican las inquietas sombras,
que querrían besar su carita manchada,
si no fuese por el olor a húmeda hambre
que quiebra y agarrota con su gélida mueca.
El ritual diario de la búsqueda se inicia,
el escarbado sigue, come en su desecha coraza.
Una visible lacra, de nublado tul, hoy la abraza.
Le habla el zumbido de las moscas…
Maneja una sonrisa,
a una muñeca de trapo curtido,
que usualmente acompaña,
que perdida la fe se ha arrancado los ojos.
Escasa de fuerza, la arrastra;
la mantiene a su lado.
Nunca la dejaría sola.

La emoción, ya descalza, desterrada,
ahora habita en costuras del tiempo
abisagrada en lo que el día
le traiga.
Se distrae con las hojuelas
que arrastra
la llovizna de aquel día mejor.
—¡Mejor…! —ha dicho la emoción,
sin pizca de remordimiento;
porque ha llegado a celebrar los años,
los cinco años que convive
con Monín en la casa de cartón,
donde hace un tiempo —no recuerda cuando—
abandonara al resto, los del mismo apellido.

—Muñeca triste
viste de lodo,
ya no se queja,
tampoco busca
lo tiene todo —cantaba la emoción,

mientras el eco se perdía en la sierra.

Originalmente publicado bajo el titulo de La casa de Monín

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s