—No soy escritor. Nunca dije que lo fuera. Alguien que escribe, sí.

—Cállate imbécil, me das vértigo y puedo caerme del estante.

—Cuidado con los apelativos.

—Bueno, entonces perdona, pero es que existen pocas cosas que te describan mejor. Oye, ¿ese poema sobre Galatea en la página 69? Su designación numérica… ¿Fue a propósito? Porque si es así, te diré, ese mensaje subliminal à la Kamasutra: ¡comida para dos!, es de lo mejor que has hecho en tu puta vida (un toque de genialidad; and that’s a stretch, como diría un diccionario urbano que por acá conociera) y a lo único que regreso cuando requiero de un auto-análisis positivo; lo único que te aplaudiría. Lo demás da grima.

—Te dije que no era poeta.

—No, dijiste que no eras escritor.

—¿Ambos escriben, no?

—Igual de malo querrás decir.

—Debieras, al menos, agradecerme tu existencia.

—¿Por hacerme el hazmerreír de la librería? ¿Por sepultarme en la sección de poesía con los de Borges, Lorca y Neruda (que por cierto tienen su lugar aparte) a escuchar sus risotadas cuando en las noches les declamo y con todos los otros de lenguaje anglo, que las más veces, no sé qué carajo me gritan? Especialmente desconcertante, uno de Bukowski cuya portada me ladra.

—Por si no lo habías notado llevas algo de poesía humorística. Los gritos pueden ser ovaciones. Bukowski tiene un libro titulado “Love is a dog from hell”

—Y yo soy la Virgen María.

—¡Malagradecido!

—Agradece tú que no te haya cortado la yugular con el filo de una de mis hojas, ganas no me han faltado. Eres patético, tu insistencia en renovar lo clásico en tiempos de vanguardia es risible.

—No todo es en métrica…

—¿Dijiste que no eres escritor, entonces…?

—¿Por qué escribo? Me lo recomendó el terapeuta.

—¿El psiquiatra?

—Sí.

—Supongo que le habrás dicho de nuestras conversaciones y de tu afición por el licor.

—¿Qué pretendías que hiciera? si no te callas.

—Pendejo, ahora te droga y terminas sordo.

—Esta noche me las tomo todas.

—¿Las cervezas?

—No, las pastillas.

—Así saldrás de tu miseria.

—Sí, vos.

—Vete al diablo. Nada te salva de la evidencia.

—¿Qué evidencia?

—La que te sitúa en la infamia, en el olvido.

—¿De qué hablas?

—Desgraciadamente para mí, eres como una rima forzada, un acento antirrítmico, una imagen mal lograda: innecesario, prescindible. Prueba de ello es que llevo seis meses tratando de salir del estante.

(…)

—Sí, pero del estante de los reciclables, so idiota, pues alguien te arrancó la tabla de contenido.

(Cerró la tapa del libro, se echó un tic-tac a la boca, y comenzó con la presentación de la secuela a su bestseller)

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