“La irregularidad, es decir, lo inesperado, la sorpresa o el estupor
son elementos esenciales y característicos de la belleza.”
Charles Baudelaire

Esa tarde Eloísa se sintió irremediablemente sola. Nunca antes, en sus siete años de casada, había experimentado los sentimientos estériles que ahora la acechaban, sin solución o final a la vista. Su vida se había convertido en una rutina abarrotada, predecible, y aburrida; falta de aventura y colorido.
Hoy, algo en ella se resistía, se sublevaba, ante ese círculo vicioso que la engolfaba. Renovada, se prometió buscar alternativas a ese mundo, dar rienda suelta a las miles de posibilidades a su alcance. Decidió seducir nuevamente a su hombre, eso sin descartar a otros que aún albergaba en su mente…
Aunque nunca le había sido infiel, a menudo fantaseaba sobre otros que había admirado desde lejos, o sentido de cerca en el roce del aglomerado subterráneo, a aquellos con quienes había cruzado miradas, o sorprendido admirando su escultural cuerpo, a quienes había respondido con una mirada coqueta o una leve mordida de labios, y su lealtad flaqueaba.
Pensó resignadamente, mientras elaboraba en una metáfora popular para “tocar tierra” y sostener su argumento:
—Basta ya de entretener esas visiones. A arar con los bueyes que se tiene.
Ahora le apremiaba, necesitaba, saciar su hambre carnal; no había tiempo que perder.
Esdras fue siempre un gran esposo, amoroso y atento, hasta que recientemente, en su afán de prosperidad, se había dejado consumir por las demandas y exigencias del trabajo. Como resultado, su matrimonio se deslizaba hacia a un peligroso segundo plano. Eloísa había llegado al punto de ebullición, tras semanas de inactividad y soslayo en la alcoba. Esdras apenas lo había notado. Eloísa no pudo reducir su afán de “escarmentarlo”, alentada por las vívidas y pasionales visiones que la acompañaban.
Su plan: una sensible cena coronada con un afrodisiaco Merlot servirían de preámbulo a una noche que esperaba le devolviese los apasionados días de antaño. Un sugerente negligé en seda roja, como único escudo, dejaría entrever su voluptuosa figura, llena de innegables posibilidades. Debía prepararse, Eloísa no dejaba nada a la ocasión, fiel creyente de que un buen plan siempre llevaba a buenos resultados.
Un baño egipcio seguido de ungüentos perfumados —cuya receta, aseguraría le había sido transmitido por el mismísimo dios Thot— serían sus armas de conquista, para así complementar sus, no pocos, atributos físicos.
Las visiones regresaban. Imaginó por un instante ser una doncella egipcia que esperaba su baño arrodillada en una estera de juncos, mientras esclavos de escasos ropajes vertían agua perfumada con mirra y canela sobre su cabeza, que otro esclavo cubría su cuerpo con aceites aromáticos, y que más tarde, todos le ofrecían ramilletes de flores para completar la ceremonia de su purificación; para iniciarla a la vida adulta. La sacó de aquel marasmo el campanario de la Catedral que comenzaba a anunciar las cinco de la tarde.
La bañera clásica en mármol blanco, de líneas perfectas al estilo victoriano y posada en patas de estilo imperial, esperaba su cuerpo desnudo y dispuesto. El grifo con manijas de metal en cruz con acabado en bronce envejecido incitaba a iniciar el ritual del baño. El ser dramático en Eloísa admiraba la bañera como si fuera la primera vez que la avistaba, fingiendo sorpresa y regocijo. Dejó correr el agua tibia por varios minutos antes de entrar. Agregó un jabón líquido cuyo aroma le pareció el de la flor de cerezo, revolviéndolo en la superficie como si se tratara de un masaje Shiatsu. Recogió su pelo, estilizado a la Norma Jean, en un moño discreto poniendo al descubierto su cuello delicado, lozano, mientras poco a poco se adentraba entre la espuma y el agua de la bañera.
El nivel del agua en la bañera, subió de imprevisto, cubriéndole los senos, haciéndolos flotar; de la llave del agua sólo se desprendían, diminutas gotas de agua, en cámara lenta… Al frugal sonido del gotereo golpeando la superficie del agua acumulada en la bañera, se unieron una serie de crecientes círculos concéntricos que parecieron acariciar sus ahora duros y erguidos pezones. Sintió vergüenza del placer que le provocaban. Le pareció una visión absurda, pero no pudo ni quiso controlarla. El agua endurecía como un cristal que ahora deslizaba entre sus muslos como tensas cuerdas de cello. Emergió del agua, un esbelto hombre de agua, falo luminoso extendido entre sus piernas, dedos traslúcidos de cálidas crestas.
El hombre de agua la volteó sobre su estómago y comenzó a besar su cuerpo lentamente, con la paciencia de las olas que esperan su turno frente al acantilado, luego a cabalgarla con desusado brío. Eloísa gemía estremecida; le pareció sentir en su cuello la ventisca salida de aquel hombre de agua y escuchar las gaviotas revoloteando sobre el techo del baño. El espléndido embate penetró su abertura, como un mar sediento de orilla, una y otra vez…
Todo regresó a la normalidad tan súbitamente como había llegado. Eloísa, exhausta, mostraba ahora una jovial y animada sonrisa que de seguro ayudaría con su “plan”.
El sonido de llaves en la cerradura de la puerta anunció la llegada de su marido. Un malhumorado Esdras se deslizó entre los agonizantes rayos de luz de una tarde de San Juan hasta su lugar de costumbre frente al televisor, sin decir palabra alguna. Nada había cambiado.
Al par de minutos Eloísa anunció:
—La cena está servida.
—Ya voy —respondió un aborrecido Esdras.
A los treinta minutos, finalmente, se llegó hasta la mesa. Se quejó de que la comida estaba fría pero la devoró sin mucha contemplación.
—¿Qué te sucede Eloísa? —inquirió entre copas su amado al verla ensimismada.
—Nada mi amor —replicó Eloísa con un aire de satisfacción pobremente disfrazado. El dedo índice de su diestra yacía entre sus labios mientras la otra mano buscaba debajo de la seda, las cálidas gotas de agua que escurrían entre sus piernas.
Al otro lado de la mesa, Esdras, desplomado, no escuchaba ni respondía. Eloísa fue a su lado y lo olfateó. Había leído en una novela policiaca que el cianuro dejaba un olor a almendras amargas en sus víctimas, cosa que le importó tres carajos, pues ella nunca había olido ninguna clase de almendra, fuesen dulces o amargas.
Su mirada de níspero escudriñó la escena por última vez, se levantó de la mesa apresuradamente, desgarró alocada la seda roja de su cuerpo, y dejó correr el agua en la bañera.

Raúl Castillo Soto (2012)

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