2012. Centro Médico de Río Piedras;  más tarde en el nuevo terminal de lanchas de Cataño.

La inusualmente larga y descarnada figura de aquel hombre, detrás de un frondoso bigote, cubría escasamente las pinceladas ámbar de un bello amanecer isleño. Rodrigo Vera, en un tiempo profesor universitario, escritor y poeta, dejaba atrás los portones de la que había sido su casa por los últimos diez años, donde había ido desenterrando, una a una, las razones de su “estadía”. Sus pertenencias eran mínimas. Se reducían a la ropa que vestía: camisa de hilo blanco y corbata de diseñador bajo una gabardina azul marino de solapa ancha, con chaleco de seis botones y pantalón gris oscuro, de filos en pliegues, impecablemente planchado, un duffle-bag militar con efectos personales, libretas de escuela, un cambio de ropa, un desgastado guante de pelota Rawlings y un bate negro de aluminio: treinta y cuatro pulgadas de largo con un peso de veintiocho onzas; estos últimos de sus días de pelotero en el sanatorio.

Don Rodrigo parecía una figura detenida en el tiempo. Lo que acarreaba, no encajaba con su apariencia, vestuario y sofisticado porte.

Como primera parada quería visitar el Viejo San Juan: cruzar la Bahía en la Lancha de Cataño, disfrutar de algunos de sus lugares favoritos y más tarde llegarse hasta su antigua casa de la Calle Luna… la cual había sido expropiada por el banco, según unos documentos que guardaba lo “confirmaban”. Aunque nunca había leído el contenido de la carta del banco en su totalidad, sabía que algo andaba mal, pues nunca antes le habían escrito.

En el muelle inquirió sobre el costo del viaje mientras respiraba hondo recibiendo al mar en sus pulmones:

—Si es tan amable, pudiera decirme cual es el costo del viaje a San Juan.

—Un dólar ayer, un dólar hoy, un dólar mañana —replicó la joven taquillera de la terminal, un tanto mortificada.

—¿Le sucede algo señorita? Percibo un tono de exasperación en su voz.

—Nada que no pueda remediar con un par de frías[1]. ¡Next! —dijo de forma cortante la joven.

En el Viejo San Juan

A su arribo al muelle de San Juan todo le pareció tan raro, muchas cosas habían cambiado. Las miradas no se hicieron esperar, miradas que terminaron tan pronto sacó el bate de softbol del duffle-bag.

Don Rodrigo hizo a un lado el cabello ligeramente gris y ondulado sobre su rostro y sacó del bolsillo interior de su gabán una pequeña libreta de apuntes para asistir la embotada memoria. Apoyándose en el bate, a manera de bastón, comenzó a subir por la Calle del Recinto Sur en búsqueda de las gatas de cinco patas[2]. Sentía la urgencia de leer, de sentarse a leer un rato, a repasar poesía. Algunos versos sueltos, quizá algo de su prosa poética sin terminar. Lo haría en voz alta, a las diez de la mañana, sí, ese era su plan, al menos eso le decían sus apuntes.

Al llegar al Bastión de las Palmas de San José, donde se encontraban las sillas, las gatas de cinco patas, todo un contingente de curiosos esperaba. No sabía a quién o a quienes. No le importó.

Nadie ocupaba las dos sillas en forma de gata, extrañamente vacías. Don Rodrigo se hizo paso entre los presentes y ocupó la silla derecha como el Rey que ocupa su trono. Seguidamente desenvainó una libreta de páginas amarillentas de su duffle-bag. Comenzó a leer con voz profunda, emotiva y temblorosa. La gente, escuchaba en absoluto silencio. En varias ocasiones Don Rodrigo interrumpió su lectura, dirigiendo la mirada hacia la muchedumbre, para cerciorarse de que no se habían marchado. Para su sorpresa, seguían ahí, como una audiencia secuestrada. Concluyó recitando de memoria un sexteto[3] suyo mientras miraba fijamente a una joven de ojos como la miel que recién se unía a los presentes:

“Siento peces chocar en nuestras bocas

buscando de esa luz escurridiza

que escapa en miles voces del aliento.

Embistes, con la última caricia,

la roca súbita del mar en mí

que lentamente besa tus orillas.”

Devolvió su libreta al bulto militar y la muchedumbre explotó en aplauso. Se marchó sonriente bajo el sol más alto, sin sombra para acompañarlo.

Don  Rodrigo se dirigió hasta el Paseo de la Princesa después de haber pasado la tarde recorriendo el Morro y la Plaza Colón. Refrescó su cara en la fuente de los delfines antes de colgar sus piernas sobre la muralla que apunta a Isla de Cabras. Fijó la mirada en la nívea espuma sobre el mar que trataba de encontrarse con el cielo rojo-anaranjado que le hacía reverencia. Comenzó a soñar más versos y la cara de la muchacha en el bastión; también, a recuperar el valor para enfrentarse a la vieja casa.

Pancho Salsa, como le conocían sus vecinos, era más que un “staple” en la comunidad sanjuanera, donde pasaba incontables horas impartiendo sabiduría popular a través del diccionario interminable de puertorriqueñismos que era su mente; era parte del paisaje natural nocturno al que todos vivían acostumbrados en la ciudad vieja. El característico y empalagoso olor a Aqua Velva que despedía y la usual (siempre la misma) colorida camisa hawaiana con estampado de palmeras, precedían su fama.

A Pancho le preguntaban a menudo por Don Rodrigo, —cosa que disfrutaba— a quien los vecinos habían bautizado como Don Bigote de la Lancha, pues relatos de sus frecuentes avistamientos lo situaban en la lancha de Cataño a diario y pues, lo del bigote, resultaba obvio. Pancho se sentía como el agente artístico de Don Rodrigo, así que trataba de mantenerse al tanto de las peripecias y andanzas de este para no defraudar a los inquisidores de turno.

—Ha de ser porque frecuentamos los mismos lugares… o porque los dos estamos más locos que el rabo de una yegua —pensaba en voz alta Pancho Salsa. Pero estaba seguro de que nunca habían coincidido en el mismo lugar. Al menos no que él supiese.

—Además, yo soy un animal nocturno, y por lo que he sabido, Don Rodrigo es un bendito pájaro madrugador. No cuadramos en eso.

Eso sí, tenían en común haber visitado el Capitolio de los Alterados, pero nunca llegó a conocerlo personalmente. Todo esto contribuía a alimentar su creciente curiosidad por el letrado. Esa tarde se había propuesto encontrarlo. Pancho dejó atrás su hogar convencido de que así sería.

Cerca del muelle se tropezó con lo que le pareció una trifulca de borrachos.

—¡Ea rayo! Oye ‘mano, parece que se formó un sal pa’ fuera en una de esas barras de mala muerte… —dijo Pancho a un extraño en el tumulto.

—¿No será el Don Rodrigo dando su sermón del día? —inquirió Pancho, y seguidamente añadió— El tipo está súper pasao. No hace mucho escuché que se metió en un bar, esnú, haciendo “swing” con un bate de softbol, diz que a predicar humildad a un corillo de marineros borrachos, y ya tú sabes, le dieron como a pandereta de aleluya.  Ahora no lo encuentran ni en los centros espiritistas.

El extraño no intercambió palabra y se despidió con una encogida de hombros.

Pancho se resigna a no ver a Don Rodrigo esa noche, sigue el sonido de una vellonera y comienza a tirar pasos sobre el adoquín azul y a cantar: “En el barrio del guapo, no se vive tranquilo…” La noche le da la bienvenida y lo arropa en su bullicioso abrazo.

 

Al otro día en la tarde

Don Rodrigo se detiene  brevemente, frente a la puerta de una casa azul y verde de la Calle Luna: contemplativo, nostálgico, ensimismado, antes de desaparecer en el umbral. De alguna forma había perdido el día entero en la desarreglada memoria.

Con la estampa de un sol poniente asomado al arco de su ventana, el hombre sale de la ducha, desempaca  un estuche  nuevo de Aqua Velva, presiona la tapa del  aerosol  y  comienza  a  vestirse  bajo  el  aromático “mist”, escuchando su salsa habitual mientras ensaya unos pasos y vueltas que vio a unos jóvenes de la Perla lucir en la Plaza Colon durante las Fiestas de Reyes.

Una joven desnuda de ojos como la miel, entre sábanas y suspiros le dice:

—Me encantó la poesía de hoy…

Pancho se volteó con sobresalto. Por un escaso segundo le pareció ver un gran bigote en el espejo…

 

Mientras los demás “duermen”

 

Uno, dos; uno, dos, tres probando… ¡Fuck, sobre-extra fuck! Okey. Que jodienda, me dijeron que me aguantara con eso de las malas palabras, ¡pero es que se me salen, puñeta! Que cantaleta, que si PTSD, que si MPD o DID. Por qué mejor no te vas y desmenuzas a la madre que te parió, ¡so desgraciado!

(Contrólate mamalón, desde Afganistán te vienen diciendo lo mismo)

¡Ya!

(Breath in, breath out)

Okey, okey. De acuerdo al hijo e’ puta Dr. Rosa, lugarteniente del Capitolio de los Alterados, yo, el mejor narrador —o el más trastornado, dependiendo de a quién se le pregunte— que haya parido madre alguna de este lado de la Laguna San José, vivo condenado a compartir mi cuerpo… o mente, según dice el pendejo ese; un interminable reto de mierda. El muy cabrón ha insistido en que les narre lo que los otros dos supuestos “habitantes” han escrito en sus diarios, junto a lo que primero me venga a la cabeza, y eso hago. How am I doing so far? A veces, se siente bien saber que estoy a cargo, y eso de manejar este relativo grado de omnipotencia, crece en uno, pero, como diría Pancho:

—¡Que arroz con culo! —dijo el narrador, y dejó caer el micrófono.

Raúl Castillo Soto

Copyright © Todos los Derechos Reservados

[1] Cervezas.

[2] Sillas (2) en bronce, diseñadas por la artista Dafne Elvira (2000) en el Bastión de las Palmas de San José en el Viejo San Juan.

[3] Marejada: del poemario Enigmas (Trenton; 2012), Raúl Castillo Soto

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