“En medio del mar era un faro: un faro en la roca desierta; 
y dentro del faro otro faro: mi triste pupila despierta.”
El faro; Luis Ángel Casas

La alcoba era un mar que azotaba inclemente a la núbil sombra.
Y en el faro de la mirada, ¡la calle angosta que me nombra!
La silla vacante, murmura: “islote sin cuerpo, ni puerto”,
y el florero volcado empuña adusto racimo que ha muerto.

Yo, atado al dolor de mis letras, danzaba en notas de un endecho;
Tú, fiera silente que acosa, madriguera fiel del acecho,
crecías en un mar de sombras, poseyéndome con la espuma
de tinieblas y cerrazón, con la mano seca en mi pluma.

Un Pez Viento acaricia, y lame hoy, desangrándome en las horas;
filo de enardecida roca, y tú, con la noche me lloras.
Un abrazo opaco se alarga, en un vals de muecas traviesas,
como enjutas y rancias ramas, de tristeza y nostalgia presas.

Aquellos versos desechados son la barcaza que me salva,
prímula eterna donde besa al áspero rayo del alba.
Su eco se transforma en aliento, y bebo en el verbo salado:
llanto, convirtiéndose en barro, silencio, horizonte escarpado.

(Llega a un puerto arcano sin verbo. El frío ventanal rechaza
el lerdo mutismo arraigado, de ese ser vacío, coraza.
Confuso de emociones lanza, noble reclamo que resuena
en la dura faz de la noche) “¡Libérenme de esta condena!

¡Dejad que este puño navegue a esa vorágine inconclusa!
¡Dejad que lento me devore la oscura casa de mi musa!
Tú, verso alado, verso azul; rescatadme de este dilema
en el abrazo eterno de un poema.”

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