Con motivo de una próxima presentación y lectura 
hemos movido el texto de su fecha original en el 2010

(El techo susurra un leve y apacible gotereo)

Todos los días me enfrento a la misma mesa. Las esbeltas patas de caoba con su tope de geométricas lozas de piedra sostienen una Remington Rand —mi recordatorio inmueble/monumento utópico— y el mismo jarrón de “inermes flores” que descaradamente semejan la vida. Sé que están muertas, o no vivas, porque ya hace más de cinco años que no mudan ni un pétalo, ni una hoja; tampoco decoloran. Los amarillos y anaranjados permanecen intactos, brillantes, burlones; los verdes, los mismos de siempre, sólo falta el legitimista olor del Kentucky blue grass, el de la grama recién cortada, que en la primavera me da la ilusión sensible que completa la imagen.  El señor Smith, cuyo nombre completo me escapa, acompaña a la mesa; me mira fijamente, casi con recriminación, humeando por la esquina de la boca una columna etérea, escueta y frágil que da volteretas.

Un poema impreso de Ferreira me recita:
“Eternamente / huyendo nos perseguimos. / Huellas de sierpes infinitas / en la arena perenne del desierto”, mientras dos elefantes de plomo juegan su tug of war flanqueando libros de Borges, Kafka y otros que aún no he leído.

(El fonógrafo heredado raya el vinil de Handel; “Endless Pleasure, Endless Love” , de la opereta Sémélé)

La pantalla de mi portátil modela en segundo plano una antigua y lúgubre casa balcánica de elaboradas cornisas: resaltan, dos ventanas de inmaculado cristal y el contraste que ofrecen sus curtidas y raídas cortinas, una vez blancas. Nunca deja de maravillarme su detalle, inclusive hoy. El cursor en mi procesadora de palabras pestañea como si aprobase el indiscreto pintalabios del cuello que la cámara-web me revela. Llevo puesta la misma camisa de ayer, color pálido azul, que hace más visible la intrusa mancha de café en el bolsillo, y otras que semejan un mural del Bronx salpicado con grafiti humano. Una corbata pende de la perilla en la única puerta de entrada como enarbolada bandera blanca de tregua.

Tengo otra visita. El hombre y la mujer de la sala descansan plácidamente, como si nada les importara, uno en el sofá y el otro en la alfombra mirando a la ventana, donde, parsimoniosamente, escurre la llovizna. Son mis vecinos del primer piso. Ella, una bella y joven aspirante a cantante de Ópera, él un vendedor ambulante sin trabajo fijo pero con el beneficio de los descuentos en las aerolíneas, usualmente reservados, para viajeros con millas frecuentes. Yo, el escritor bloqueado, ahora rebosante de ideas, maquinando mi próximo libro donde los escombros de la sala serían los protagonistas. Sólo me mortifican un poco las apremiantes sirenas urbanas… Y el viscoso líquido que humedece mis pies.

—¡Ah! ya recuerdo, Smith, Smith & Wesson.

(y se fue a buscarlo)

Raúl Castillo Soto (2010)

Descargar en PDF: Los escombros.  Pueden distribuirlo libremente para su lectura.

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