No sé donde he estado toda la noche. Sigue oscuro, más frío de lo usual. Las botellas de cerveza, drenadas, de mirada verde, fija, burlona, comparten la insignificancia del momento, mezcladas con la mano otoñal de los robles desnudos. El último banco del parque está ocupado por una maloliente marioneta gris, ajena a mi presencia.  Necesariamente, hube de cuestionar su presencia en mi usual lugar de descanso. Sin respuesta. Quise marcharme, pero el cansancio era tal que me consumía. Las piernas poco coordinadas, me abandonaban pesadas, rendidas. Pensé: <<debo sacudir sus hilos congelados>>. Así lo hice; sin respuesta aún. Demandé que me mirase cuando le hablaba, puse mi mano sobre su hombro derecho, lo volteé bruscamente hacia mí. Sus ojos fijos y vacantes, como faroles extinguidos, revelaron un rostro conocido: que no era otro que el mío.

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