Diogenes
Jean-Leon Gerome (Jean Leon Gerome) (1824-1904)
Diogenes
Oil on canvas, 1860

Por la calle del “después” se llega a la plaza de “nunca”. 

Luis Coloma

(A Roberto le apestaba la vida, tan sólo le animaba su diaria perorata frente al espejo)

Cuando la vida te ha dado tanto  golpe, es fácil separarse de todo, reducirse a ser un mero ocupante de espacio, residente del limbo, y nada más…

Siempre llegan esos días en que decidimos, celebradamente, que al siguiente día la inercia  habrá  de terminar. Sin embargo, estoy convencido de que es sólo una treta, malabares de la mente, una artimaña neurótica más para cobijar el frágil y abusado ego, y así posponer lo inevitable: el regreso a la inercia, cada vez más arraigada, fortalecida; con la capacidad de derrotar cualquier pensamiento  positivo  que entretengamos. Fatalista no, realista sí. Créanme, he batallado este estado de ánimo sin dar ni pedir tregua, ya por más de diez años. << ¡Pero mierda!, me faltan las fuerzas para continuar. >> Mi querida Silvia  se marchó hace cinco, cuando descubrió que hacía dos no llegaba a la oficina. Usualmente  me iba al parque a alimentar las palomas y admirar  su trabajo sobre  el bronce de los  próceres.  Claro, no ayudó mi situación el que Silvia encontrara unas malditas y comprometedoras cartas, producto de una lamentable indiscreción. Silvia no decía mucho a modo de palabras, pero tras su penetrante y castrante mirada podía leer sus acusaciones: que yo era un ser insignificante, que no era capaz de darle hijos, de no querer tenerlos. Comencé a dudar de mis capacidades y busqué redención en otros brazos. Nada remedió.

Me seduce, sin remedio, esa deliciosa dejadez, esas “ganas”  de no hacer nada. Algunos proponentes de la comunidad científica sugieren que este estado de ánimo (o pecado, si quieren darle un toque eclesiástico), no es sino el  diagnóstico medieval de la depresión clínica. A mí me importa un bledo. Le dejo el etiquetado a los supuestos expertos, que a falta de pan a todo le llaman queso. Me conformo con ver el sol salir por un balcón, y luego en la tarde,  moverme a la terraza que da hacia la puesta de sol para presenciar la muerte del día; para desplomarme  entre esas seductoras sombras que socavan el alma y se aúnan en el espíritu. Con recibir la calidez de esos soles, como un Diógenes en mi barril de concreto.1, me basta.

Pero, como decía mi terapista de turno: “Siempre hay oportunidad para el cambio”.

Conocí a Teresa por pura casualidad. Ella caminaba su Pastor Alemán,  y yo recogía del césped la desbordada correspondencia del buzón. Según me relató la hermosa joven, recién se había mudado a la vecindad, a una casa propiedad de su familia por muchos años abandonada. Esa tarde me trajo una botella de Equinoccio Nebiolo y embutidos, asumo que para celebrar nuestro encuentro. No me detuve a pensar sobre el porqué de su generosidad. Con cierto grado de aprehensión la dejé entrar a la casa. Al ver el total desorden en que se encontraba el lugar, se ofreció a ayudarme con los menesteres de la casa durante sus días libres. Aunque muerto de vergüenza, no tuve ánimo para decirle que no.

Durante una de sus cada vez más frecuentes visitas, la pobre confesó que su madre, sumida en una terrible y debilitante depresión, se había suicidado. La prostitución, el alcohol y las drogas habían seguido a su mala fortuna en el amor. Triste historia, trágica por demás. No me dijo más al respecto, quizá porque notó mi apatía, mi falta de respuesta emocional ante el discurso. Traté de explicarle que no era nada personal, que en general esa era mi respuesta ante todo, pero me detuvo con un “lo entiendo perfectamente”.

Durante los próximos días Teresa se dedicó a limpiar la casa meticulosamente, a poner en orden mi barril de concreto. Comenzaba a acostumbrarme a verla. Aunque no se lo dejase saber, disfrutaba de su presencia y compañía. Pero como dice la canción del inmortal Héctor Lavoe, “todo tiene su final…” Y así fue, así se despidió Teresa, como el sol en la tarde, llevándose su brillantez en silenciosa marcha. Aunque yo no era un artista de la conversación, ni fanático de las despedidas, esperaba un poco más de ella. Estuve muy cansado para molestarme.

No fue sino hasta hoy que vine a descubrir el sobre sellado, junto a una caja de zapatos, sobre la mesa del comedor. El contenido de la carta me azotó como un concierto de notas discordantes a todo volumen:

Don Roberto,

Ud. destruyó la vida de mi madre, cuyo único pecado fue amarle más allá de la comprensión. La utilizó, luego la desechó, como hizo con aquellas cartas que nunca contestó. Sólo le pido que no haga más daño, que termine, dignamente, con esta farsa de vida que vive.

Bendición, Papá.

(El atónito huésped del barril de concreto removió una Berreta 9mm de la caja de zapatos, y en un acto sublime y único, terminó con su holgazanería).


1. Es una alusión (modificada) a la vida de Diógenes: filósofo griego que vivió como un vagabundo en las calles de Atenas. Se dice que dormía en un barril de madera, y practicaba la pobreza extrema como una virtud.

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