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“Te das cuenta de lo que es poder cuando atrapas el miedo de otros en tu mano, ¡y se lo muestras!” —Amy Tan
 Agua fresca y translúcida del Nyasa disuelve, clandestinamente, las pisadas de quien antes le miraba. Un batel de dispuestos pescadores y ávidas redes se hace lago adentro. Desde la altiplanicie, bordada en helechos y orquídeas que mecen en la cansada brisa, las cabras ojean vigilantes al hombre dueño de aquellos pies, quien ahora camina hacia el sol, amarrado a su enjuta sombra.

Desde una audio-grabadora que el hombre sostiene al oído se escucha el clásico de rock The end, por la banda californiana The Doors: “This is the end, beautiful friend. /This is the end, my only friend, the end…” Su última conexión con el ácido, la urbe, Woodstock y el movimiento pacifista de los 60’.

Debía regresarse a la ciudad capital de Lilongüe.
–No sin antes honrar mi visita a la isla grande del lago, con el curandero de Likoma –pensó en voz alta el Dr. Serrano, quien había hecho un alto en su práctica de psiquiatría en la ciudad de Nueva York, para satisfacer su curiosidad científica, a través de un proyecto voluntario sobre los efectos de las enfermedades sexualmente transmisibles en la salud mental de los pobladores de aquella región. Diez largos años habían transcurrido: África no lo dejaba ir. El sentimiento era mutuo.

El Dr. Serrano, aún necesitaba la aprobación y cooperación de algunos líderes locales para concluir su abarcador estudio: entre ellos Azibo.

Días antes, el curandero había enviado un mensajero concediendo audiencia, quien además entregó un pequeño cofre conteniendo un pendiente en forma de máscara de hueso, de ojos en piedras ámbar, y una hoja seca de Acacia, también conocido entre los nativos como el árbol de la fiebre. Resultaba intrigante el por qué de su súbita accesibilidad. Nadie supo, ni quiso, explicar el mensaje detrás de su “regalo”.

Por alguna razón, su salto al Devil’s pool en las cataratas del lago Victoria y el enfrentamiento con los come-hombres del río Shire le parecieron logros minúsculos frente al prospecto de conocer a Azibo, el notorio médico brujo tumbuka de aquel paraíso: santuario de arenas blancas, baobabs, del mangó, del arroz y el casabe. Su teatro y dominio.

Habían llegado a la capital numerosos reportes, que le atribuían poderes mágicos, entre ellos: el poder volar, el exorcismo, flotar frente a la luna y la cura de locales, desahuciados por la medicina convencional. También se le acusaba de hacer desaparecer a la gente.

 Raúl Castillo Soto

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