Miran cicatrices de mi ciudad,
como golpeando el pecho de sus calles
y otras heridas aún abiertas.
Sostienen las almas rotas
que beben desde sus aceras
el licor de las estrellas.
Los sueños dorados escurren,
entre el ladrillo
de insomnes paredes
y luces de cal que bailan sobre
el torpe, e indiscreto,
subterráneo.
Ignoran la silueta
aferrada al sumidero;
en su último intento,
de capturar los fantasmas
de la noche.

Raúl Castillo Soto (NYC; 2009)

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